William Faulkner (EE.UU. 1897-1962)
El escritor que cambio la literatura del siglo XX*
Josep Massot / Filólogo y monje benedictino
Faulkner al recibir el Premio Nobel
de Literatura en 1949.
Cuando le dieron el Premio Nobel, al principio lo rechazó -"¡Si se lo han dado a Pearl S. Buck y Sinclair Lewis!", dijo-, pero al final, presionado por el Departamento de Estado, lo aceptó y pronunció en Estocolmo uno de los discursos más recordados en la historia del premio: "Nuestra tragedia actual es un temor general en todo el mundo, sufrido por tan largo tiempo que ya hemos aprendido a soportarlo. Ya no existen problemas del espíritu; sólo queda este interrogante: ¿Cuándo estallaré?". Faulkner se negaba a aceptar el fin del hombre. "El deber del escritor, del poeta, es escribir acerca de estas cosas. Tiene el privilegio de ayudar al hombre a resistir elevando su corazón, recordándole el valor, el honor, la esperanza, el orgullo, la compasión, la piedad y el sacrificio que han sido la gloria del pasado". Su muestrario de personajes bebe de la detestable Sara Glamp de Dickens, del vitalista Falstaff, el maquiavélico príncipe Hal, la sanguinaria lady Macbeth, la doliente Ofelia y de la mirada infantil de Huck Finn y Jim de Mark Twain, pero también de personajes quijotescos en lucha imposible porque el ideal se imponga a la realidad de la naturaleza del ser humano.

"La vida –decía el escritor, que a veces se comparaba con el capitán Ahab de Melville– es movimiento y el movimiento tiene que ver con lo que hace moverse al hombre, que es la ambición, el poder, el placer. El tiempo que un hombre puede dedicarle a la moralidad tiene que quitárselo forzosamente al movimiento del que él mismo es parte. Está obligado a elegir entre el bien y el mal tarde o temprano, porque la conciencia moral se lo exige a fin de que pueda vivir consigo mismo el día de mañana. Su conciencia moral es la maldición que tiene que aceptar de los dioses para obtener de éstos el derecho a soñar".

Faulkner decía que un escritor necesita tres cosas: experiencia, observación e imaginación y de esta última no carecía. Criado en Oxford, Mississipi –su abuelo, el Viejo Coronel sudista, murió a tiros en la calle por un duelo con uno de sus socios–, quiso enrolarse como piloto en la RAF, pero que la guerra acabara antes que su entrenamiento no impidió que al volver a Oxford fingiera un heroico historial de combates y una dolorosa herida en la cabeza. En Nueva York trabajó de cartero hasta que descubrieron que en lugar de repartir el correo, se dedicaba a jugar, beber y hacer de poeta decadentista. En París veía a Joyce en un café sin que se atreviera nunca a hablarle. Se estableció después en Nueva Orleans y cuando empezaba a desistir de triunfar como escritor –escribió Santuariocon fines comerciales–, encontró su gran veta, el mundo de Yoknapatawpha con El ruido y la furia. Mientras agonizó ¡Absalón, Absalón!, Y la manera con la que Faulkner contó sus historias cambió la historia de la literatura. Una misma historia está contada por distintos narradores-personajes, a veces con la mirada de un adolescente, con cascada de subordinadas, el fluir del monólogo interior trufado por la información de cartas o de otras voces y frases repetidas, interrumpidas, en paréntesis, dichas con la respiración del que sufre. "El tiempo –decía– es una condición fluida que no tiene existencia excepto en los avatares momentáneos de las personas individuales. No existe tal cosa como fue; sólo es. Si fue existiera, no habría pena ni aflicción. Me gusta pensar que el mundo que creé es una especie de piedra angular del universo; que si esa pequeña piedra angular fuera retirada, el universo se vendría abajo. Mi último libro será el libro del Día del Juicio Universal, el Libro de Oro del Condado de Yoknapatawpha. Entonces quebraré el lápiz y tendré que detenerme".

A Faulkner no se le rompió el lápiz. sino el corazón el 6 de julio de 1962, tras una caída de caballo. Hacía años que su escritura había entrado en declive: necesidades económicas, agotamiento de su mundo narrativo, su dipsomanía, los disturbios de su vida doméstica, la falta de confianza. En su fallida novela Una fábula escribió: "Con el tiempo te haces viejo y entonces ves la muerte. Entonces te das cuenta de que nada, ni el poder, ni la gloria, ni la riqueza, ni el placer, ni tampoco, siquiera, verse libre del sufrimiento, tiene tanto valor como el simple acto de respirar, el simple hecho de estar vivo, incluso con todo el pesar del recuerdo y el dolor de poseer un cuerpo irremediablemente gastado; simplemente saber que estás vivo".
* Nota publicada en La Vanguardia de Barcelona.
"Rowan Oak", su casa en Oxford, Mississippi.
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