martes, 7 de agosto de 2012


LA CULTURA Y EL TLC

El Tratado de Libre Comercio y su relación con la cultura ha originado en Colombia una alerta máxima que se hace necesario fomentar y entrar en el debate. El temor del sector cultural radica principalmente en que los productos, bienes, servicios y expresiones artísticas individuales y colectivas que determina la identidad cultural de un país, sean negociados e incorporados a los modelos del libre comercio desde una perspectiva estrictamente mercantilista. La liberación del libre comercio que tiene el propósito de expandir los mercados y fomentar el crecimiento estructural de la producción, contiene reglas obligatorias que aseguran la eliminación de las normas locales que se constituyan en obstáculos para la circulación libre de bienes y servicios. Los derechos arancelarios y los gravámenes a las importaciones serian eliminados, se facilitaría los trámites de importación, la inversión de capitales extranjeros y el libre tránsito de los ciudadanos entre los países, lo que llevaría al desmonte de subsidios y de la protección a la producción y exportación nacional. 
El cine, la industria editorial, la industria fonográfica dependen en gran medida de la subvención estatal, de cuotas de consumo nacional, gravámenes y restricciones a la importación, políticas contrarias a la filosofía del libre comercio que no hace discriminación de bienes y servicios. Ante estas estrategias del tratado, Colombia y los países de la región que están en proceso de firmarlo, deberán decidir si se excluye de las negociaciones la franja cultural o si por el contrario querrán  hacer parte de la cultura universal; sin embargo el patrimonio cultural, material e inmaterial, su conservación,  recuperación y  difusión  no puede verse lesionado por el tratado porque un país, una sociedad no puede renunciar a la propiedad nacional de su patrimonio arqueológico o histórico, etc, aunque la legitima defensa de nuestro patrimonio cultural no debe confundirse con la defensa de la cultura lights de espectáculo y farándula, una cultura que actúa con base a clichés y estereotipos sobre lo que somos como nación, pueblo o sociedad, pero que a veces tiene mucho éxito socialmente, tal vez por nuestra deformación cultural  que hace que nos sintamos  reflejados o identificados en esos estereotipos. Se afirma que la eliminación de todo subsidio, restricción, arancel, gravamen o discriminación para la cultura, podría significar la eliminación de las políticas públicas del estado con respecto al apoyo y promoción de los artistas, sin embargo muchas de esas políticas no se aplican en la práctica y sus recursos son usurpados por la clase política para sus campañas o pago de nómina en el manejo burocrático de la cultura.               
No obstante, la planetarización del mundo conduce a las sociedades a abrirse económicamente y culturalmente a otras culturas donde la cultura propia se enriquece con la cultura ajena, lo que permite no ver realizada una cultura en detrimento de otra. No hay epicentros desde donde se realiza la historia en contra de otras historias sino que la cultura y la historia de dan dentro de una multiplicidad de racionalidades donde hay diversos dialectos y valores y se tiene conciencia de su carácter contingente. Vattimo lo denomina como una "liberación de las diferencias" que los medios de comunicación, las mass media ha originado en la sociedad postmoderna, lo que hace que en el escenario de la cultura hayan surgido múltiples subculturas como resultado de la multiplicación de la comunicación. La cultura postmoderna ha entrado en una esfera de vasos comunicantes que ha propiciado que los medios de comunicación reflejen ese aspecto de la cultura como quiera que en la radio se oye una música que tiene una diversidad de ritmos y fusiones.   Una música crossover, esto es: reggae, jazz, tecnopop, pop, rock, tropical pop, etc.   Hay una diversidad de sonidos electrónicos a través de sintetizadores que caracterizan una radio postmoderna.
Una sociedad debe construir espacios de pluralidad y de reconocimiento de sus propias diferencias en relación con otras culturas. Se hará posible un enriquecimiento cultural en la medida que permita la libre circulación de las ideas y corrientes del conocimiento humano en el ámbito de lo social.  Habrá una universalización de las diferentes perspectivas sobre el mundo y la vida que enriquecerán las diversas expresiones del pensamiento humano. Un diálogo fraternal y lúcido con otras culturas.  Una apropiación de los diversos universos que contiene la cultura.  Una sensibilización frente a la cultura propia y ajena que contribuirá a reafirmar la propia identidad dentro de una pluralidad. Una sociedad más universal con individuos más universales situados en el mundo. Una universalización de la vida donde la sociedad se reconoce en las diversas culturas que ha originado la especie humana. Una universalización de la cultura que tiene que afirmarse también con un sentido de pertenencia a un lugar de la tierra, desde donde se afirme lo propio frente a lo ajeno, pero sin dejar de abrirse a lo ajeno para que se afirme lo propio, sin que lo ajeno domine a lo propio sino que lo enriquezca y lo universalice. Una cultura que se apropia de sí misma para conjugarse con otras, asimilándola y decantándola en sus propias fuentes originarias. Una sociedad que haya alcanzado estos niveles de desarrollo de la cultura será una sociedad más tolerante y por lo tanto, más humana en su interior, en sus relaciones cotidianas en relación con sus propias diferencias: El mundo es una aldea donde crecen los girasoles de Van Gogh, sólo en esta perspectiva es posible un tratado de libre comercio.
En la negociación del Tratado de Libre Comercio con EEUU se ha planteado que la cultura no debe ser negociable, lo que afirma nuestra identidad y defensa del patrimonio artístico y cultural del país, sin embargo en ese proceso irreversible de la globalización ya no es posible hablar de una identidad cultural propia en tanto que la identidad cultural es un entrecruzamiento de culturas; en la música, el arte, la literatura, las tradiciones, etc hay un diálogo o fusión con otras culturas como sucede con otras expresiones culturales, esto es, los hábitos o las costumbres sociales, lo que determina que es en la diversidad como se construye hoy una identidad cultural, de hecho muchas expresiones culturales que consideramos nuestras no son expresiones culturales propias, son foráneas, sin embargo las vivimos y las sentimos como nuestras, tanto que las hemos incorporado a nuestros imaginarios.
De otra parte, la televisión colombiana sigue teniendo una programación muy liviana, superficial donde la cultura nacional, el periodismo investigativo o crítico adolece por sus carencias y donde la programación educativa es muy escasa, que el peso del entretenimiento acrítico lo sobrepasa en sus contenidos. Los canales privados están determinados por el raiting, que se hace para garantizar sus pautas publicitarias, pero que origina un detrimento de una televisión educativa. El que la televisión comercial genere un importante desarrollo económico no justifica la carencia de un contenido cultural que es todavía muy precario. La televisión debe ser la fuente principal donde se origine y se transmita la cultura por su enorme poder de comunicación y convocatoria. Una buena película norteamericana es legitima que se puede ver en Colombia, como una buena película colombiana es importante que se puede ver en EEUU, pero existe el peligro que la basura que también produce la industria del entretenimiento norteamericano sean parte de los contenidos de la televisión y convirtamos a nuestros artistas en otro ejército de desplazados. No obstante, la televisión es el reflejo de lo que es el país, y por supuesto, si queremos mayores contenidos de cultura y programación educativa, habría que cambiar el sistema, porque dentro las leyes del mercado capitalista no es posible una televisión distinta.
La negociación y el acuerdo del tratado deben tener sus propias reglas básicas lógicas, como hacerse en igualdad de condiciones, y los bienes y servicios importados deben tener las mismas condiciones entre los países que firman el tratado, esto es, estar condicionados por las mismas regulaciones y normas. El Informe del Desarrollo Humano 2004 PNUD señala que el comercio mundial de bienes culturales  (fotografía, música, literatura, radio, tv, cine, artes visuales) vale 380 millones de dólares y que el cine norteamericano representa el 80 % de la audiencia mundial 1 lo que significa que los mercados pequeños estarían en desigualdad de condiciones para competir con las multinacionales del entretenimiento norteamericano y se ahondaría la hegemonía cultural que nos globalizará como simples consumidores de productos de EEUU con la respectiva pérdida de nuestra identidad cultural y de las lenguas autóctonas, que podrían ser avasalladas por el inglés y el español 2.
La liberación de los mercados con respecto a la cultura, han señalado los analistas, podría ser “una lápida para nuestros creadores y artistas” como lo ha expresado Robert Pilón, un especialista en el campo de las industrias culturales, vicepresidente ejecutivo de la Coalición por la Diversidad Cultural de Canadá, porque “según estos tratados ningún sector de la economía debería recibir subsidios. La cultura, dicen los profetas neoliberales, también debe ser regulada por el libre juego de la oferta y la demanda”, y concluye; “Las políticas culturales no deben ser sometidas a las obligaciones de los acuerdos comerciales porque los Estados y sus gobiernos deben conservar la entera libertad para establecer políticas de apoyo a la cultura. En esta defensa de la cultura en los TLC, hay que entender que no esperamos que estos acuerdos comerciales resuelvan el problema cultural en los países, o que los TLC desarrollen políticas culturales. Lo que estamos pidiendo es que en estos tratados, y en estas negociaciones multilaterales, no se inhiba la posibilidad de que los estados desarrollen políticas culturales. Así como se formulan, como receta para una economía abierta, los TLC son una amenaza para la cultura.” Los demás sectores de la industria nacional (sector avícola, automotriz, agrícola etc) tienen la misma perspectiva con respecto al TLC.
El cantautor costarricense Esteban Monge, va más allá en el análisis y afirma “que este tratado es más que un simple tratado comercial, es parte de una estrategia dirigida a consolidar una forma de entender las relaciones entre el ser humano consigo mismo, con los otros y con la naturaleza. Es la consolidación jurídica de la deshumanización de la vida, donde las personas valen tanto empresarios y/o mano de obra barata, decadente y con patrones y anhelos de consumo absurdo, esto es, las potencialidades humanas creativas pueden ser reducidas a la lógica de la empresa, dentro de las relaciones capitalistas de producción y reproducción (o destrucción) de la vida. En el mercado del libre comercio la actividad artística, convertida en mercancía, está permeada por la violencia. El artista, al tener que producir bajo la lógica del mercado, se ve obligado a ejercer violencia sobre si mismo. No puede hacer su actividad como respuesta a su necesidad humana de expresar algo, como forma de apropiarse del mundo de una forma liberadora, tanto para él como para el mundo, y si lo hace, tiene que pagar el precio de no poder vivir dignamente de su arte. El artista, como todo el mundo, tiene que ganarse la vida, a pesar de que la vida, contradictoriamente, es un derecho inviolable, en el papel, pero estructuralmente violado por el conjunto de relaciones sociales. Ese derecho, según los mandamientos del libre mercado, es un privilegio que solo tienen los verdaderos seres humanos, los que cuentan; los empresarios y los consumidores. Vivimos en sociedades diseñadas para empresarios y consumidores”. En esa perspectiva podemos concluir que esa igualación que el tratado hace de personas y empresas es también la “sociedad de propietarios” que proclama nuestro actual gobierno.

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