domingo, 2 de septiembre de 2012


MALDITA VIOLENCIA

Efraín Gutiérrez Zambrano

Publicado en La Tribuna, edición 72

 Como la violencia forma parte de la vida humana y se halla en todo el globo como una manifestación de plaga inextinguible es necesario que se tome como un tema imprescindible en las visiones del mundo actual. Este fenómeno no es más que expresión viva del concepto paradójico que define al hombre y una fatal variante del homo faber que se ingenia la forma de ser más brutal consigo mismo o con sus semejantes. Podría afirmarse que es masoquismo el encararla cuando se sabe que sus efectos, donde quiera que ella se presenta bajo formas evidentes y otras discutibles, son nocivos.

En todas las regiones del mundo, cada año, millones de personas pierden la vida o sufren lesiones como resultado de la violencia que incluso algunos se causan a sí mismos o nace de las relaciones interpersonales o entre entes colectivos. Pero lo que debiera preocupar es que esa enfermedad congénita del género humano ataca principalmente a niños, mujeres y jóvenes y constituye una de las principales causas de muerte en todo el mundo. Es difícil obtener cálculos precisos, pero nadie puede negar los costos en asistencia sanitaria, reparación de daños y días laborables perdidos.

Se podría definir la violencia de muchas maneras pero por la brevedad que acompaña a los tiempos actuales es provechoso recordar la definición de la Organización Mundial de la Salud: El uso intencional de la fuerza o el poder físico, de hecho o como amenaza, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones. Pero de todas estas palabras que la definen, para el propósito del autor, sólo ha de hacerse énfasis en la intención que no es otra cosa que el deseo de la voluntad iluminado por la prodigiosa luz de la inteligencia. Dadas la convergencia y sincronía de las principales facultades del ser humano nadie puede negar el dolo que siempre acompaña a la violencia. Por eso asombra que la repetición del fenómeno no cause en las personas alguna reacción inteligente que la conduzca a la extinción. Contrario a ésta, el fenómeno demuestra que la sociedad la mimetiza en sus prácticas y de esa forma contribuye a su propagación y en los pliegues de la cultura se oculta.

Pero por altos que sean los muros que la esconden no se puede evitar el desfile de los estremecimientos que inflige a la conciencia humana y rompe la sinergia vital de las sociedades. Debe ser un propósito de todos iniciar un análisis integral del fenómeno que nos humilla y nos rinde ante los instintos de la bestia. Una tarea prioritaria de la familia, la escuela y el Estado. Seguramente estos razonamientos pondrían de manifiesto las carencias que alimentan su fuego destructor y que pueden resumirse en que falta un médico que la investigue hasta dar con los elementos de su esencia para poderla combatir con la seguridad de que no vuelva a echar sus raíces en las tiernas generaciones que en el futuro esperan la luz de la existencia. Faltan padres que se comprometan en la formación de principios y valores de sus hijos. Faltan empresarios que comprendan que el dinero es un medio para pagar con generosidad el esfuerzo del trabajador y hacer frente a las necesidades apremiantes de su familia. Falta que algún sacerdote santo la exorcice con la palabra llena de esperanza y el ejemplo de vida que la sepulte. Faltan medios de comunicación que se comprometan con la verdad y no con los anunciadores. Falta que un intrépido guerrero la combata con la espada de la comprensión y la egida de la paz. Falta un educador que explique a sus alumnos que la no violencia produce mejores frutos y resultados que los ejércitos entrenados y armados con los portentos de las tecnologías de la guerra. Falta un legislador que no tema los atropellos de la burocracia clientelista y con sus manos limpias siembre en el jardín de las leyes la semilla de la justicia. Porque sin Justicia el mundo social se rompe y de sus gritas brotan las llamas de la violencia.      


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